Destruyendo el mito del buen gusto

La retrospectiva en el Whitney Museum celebra la trayectoria de Jeff Koons, al mismo tiempo que erosiona la idea de un arte frívolo, poco inteligente y de mala calidad.

Balloon Puppy, 1994-2000

Balloon Puppy, 1994-2000

Para muchos, Jeff Koons es al arte contemporáneo lo que Justin Beaver es a la música pop. En pocas palabras, uno de los principales proveedores de un producto de baja calidad, hueco y carente de todo refinamiento, pero que de alguna manera gusta y vende bien. Es tan exitoso como detestado por las masas cool, los que están seguros de saber qué es lo realmente bueno.

Como todo juicio tajante de tipo “esto es genial” o “aquello es una porquería”, esta afirmación es cierta sólo a medias. La enorme retrospectiva de Koons que puede visitarse hasta el 19 de octubre en el Whitney de Nueva York deja claro que el oriundo de Pennsylvania podrá no ser un genio (¿alguien lo es?), pero su trabajo no se limita a un jugueteo superficial, desprovisto de cualquier pretensión intelectual.

I Could Go For Something Gordon's, 1986

I Could Go For Something Gordon's, 1986

Ya en los ochentas, cuando recién empezaba a hacerse lugar en el mundo del arte, Koons ofrecía más que objetos de valor meramente mercantil. Con su serie Luxury and Degradation, por ejemplo, no sólo agregó un nuevo capítulo a la historia de la apropiación del lenguaje publicitario por parte de las bellas artes; no se limitó a cuestionar la validez de la pintura en tanto que disciplina privilegiada por la historia del arte; no redujo su obra a algo, según sus propias palabras, “visualmente embriagador”. Además de todo lo anterior, ofreció una reflexión concienzuda y profunda sobre el consumismo, la conciencia de clase y la degradación de la sociedad posmoderna en general. Cómo no reconocer la propia puerilidad en la reproducción de pancartas publicitarias como la de I could go for something Gordon’s? Cómo no decirse a sí mismo “la verdad que caí en esta mil veces”? Puede que, por lo añosas, estas publicidades hoy parezcan obvias, pero en los 80s Koons señalaba algo que no era necesariamente evidente para todo el mundo.

Lo mismo podría decirse, por ejemplo, de la serie Popeye, de 2003. Con sus Sea Walrus (Chairs) y Sea Walrus (Trashcans), Koons literalmente fusiona sus “readymades alterados” (copias de objetos inflables hechas de metal pintado) con auténticos objetos encontrados, pulverizando, resucitando y revitalizando simultáneamente al concepto duchampiano de readymade.

Michael Jackson and Bubbles, 1988

Michael Jackson and Bubbles, 1988

De todos modos, sí es cierto que la obra de Koons es deliberadamente seductora. Ya sea por su asidero en lo popular, su manufactura impecable o simplemente los bonitos colores, su trabajo es casi siempre visualmente atractivo. Podrá decirse que son esculturas kitsch, bobas o hasta infantiles, pero ¿Quién puede afirmar que Balloon Dog, con su tamaño colosal y su superficie ultra-pulidas, es antiestético? ¿O acusar a Play-Doh (la montaña de falsa plastilina que llevó 20 de realización) de no ser sencillamente hipnótica? La verdadera pregunta es: ¿Hay algo malo en esto? Para gran parte del mundo del arte sí, puesto que dedicó los últimos 60 años de su historia a vanagloriar un tipo de creación tan anclada en lo conceptual que acabó por menospreciar todo aquello que pueda ser mínimamente agradable a la vista.

Pero esta exposición, hábilmente curada por Scott Rothkopf, se sirve del trabajo de Jeff Koons para demostrar que el arte contemporáneo puede ser más que bellos conceptos. Koons mismo explica sala a sala, a través de la audio-guía, cada una de las ideas que guiaron la realización de las diferentes series de trabajos que realizó a lo largo de su carrera.

Play Doh, 1994-2014

Play Doh, 1994-2014

Admitir el gusto por el trabajo de Jeff Koons equivale a decir que Tiziano no sabía pintar, que Proust escribía mal o que Justin Beaver es un buen músico. Criticar el trabajo y la actitud de Koons es casi una obligación, un signo de entendimiento en cuestiones de arte. Pero saliendo del Whitney es difícil no descartar al menos en parte aquella imagen de un Koons hambriento de fama, dispuesto incluso a fotografiarse en la intimidad con su esposa (¡nada menos que la Cicciolina!) con tal de hacerse de renombre. Después de ver Jeff Koons: A retrospective es difícil no pensar que una estatua de cerámica dorada a la hoja de un chimpancé sentado en las faldas de Michael Jackson, efectivamente el colmo de lo kitsch, también puede proponer una reflexión crítica sobre la cultura estadounidense y el vínculo entre fama, color de piel y dinero.

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