Edward Hopper en el Grand Palais

La exposición "Hopper", en el Grand Palais de París, propone un recorrido exhaustivo por la trayectoria del autor emblemático del arte estadounidense. Inusualmente bella, tras la pintura de este habilidoso artista subyace una reflexión sobre la condición humana.

Soir Bleu, 1914

Soir Bleu, 1914

En lo que hizo a su carrera artística, el estadounidense Edward Hopper (1882-1967) no padeció la necesidad de producir obra a un ritmo frenético. Sobre todo en su madurez, fue dedicando más y más tiempo a cada trabajo, al punto de pintar a razón de apenas dos cuadros anuales hacia la última década de su vida. Antes que una conducta objetable, este quizás sea uno de los sellos de calidad de esta figura mayor del arte norteamericano. Pintor meticuloso, que no se plegó a las modas pictóricas del momento, tampoco sucumbió ante la tentación de apurar su trabajo a fin de ajustarse a la pueril categoría de artista “vanguardista, prolífico y exitoso”.

Por estos días el Grand Palais consagra una completísima retrospectiva al trabajo de Hopper que permite adentrarse en su magnífico universo creativo. Curada por Didier Ottinger (a su vez director adjunto del Centro Pompidou), la exposición se divide en dos grandes secciones: una primera parte dedicada al período formativo y un segundo episodio que representa su adultez artística.

La primera mitad abunda en obras y profundiza en los diferentes aspectos constitutivos de su formación. Comenzando por sus años en la New York School of Art, prosigue con algunas pinturas realizadas en sus viajes a París entre 1906 y 1910, donde su trabajo adquirió una cierta sofisticación europeizante. También se exponen obras de sus referentes europeos principales: Degas, Valloton y Sickert. Más adelante puede verse una buena cantidad de ilustraciones comerciales en que el artista despliega su soberbia habilidad como dibujante.Luego de una selección de paisajes a la acuarela, una sala exhibe un conjunto de aguafuertes, disciplina sobre la cual Hopper admitió: “Cuando empecé a realizar grabados mi pintura pareció cristalizarse”.

House at Dusk, 1935

House at Dusk, 1935

Finalmente nos encontramos con los primeros temas estadounidenses, característicos de su obra posterior, en que pueden discernirse las influencias realistas de la Ashcan School. Una de las obras que mejor exhibe el pasaje de la adolescencia a la madurez es Soir Bleu, de 1914, en que se aleja de su inspiración hasta entonces exclusivamente europea, y representa alegóricamente el rol social del artista, incluyendo a diversos personajes de la bohemia estadounidense de entonces.

La segunda mitad empieza en 1923, año decisivo para su carrera, pues luego de su celebrada exposición en el Brooklyn Museum, Frank Rehn se convierte en su galerista y Hopper puede renunciar a la ilustración publicitaria, consagrándose íntegramente a su práctica artística. En consonancia con su pausado ritmo de producción, esta sección es bastante más sobria en ejemplos, presentados de manera mucho más espaciada. Abarcando sobre todo la pintura al óleo realizada hasta 1966, año en que realizaría Two Comedians (su último cuadro, presente en la exposición) se incluyó además un grupo de acuarelas ejecutadas entre 1926 y 1937.

Hotel Room, 1931

Hotel Room, 1931

A principios de la década de 1940 Hopper abandonaría esta técnica, aduciendo más tarde que probablemente se debió a que se sentía más cómodo trabajando en su taller. La obra que más llama la atención es inevitablemente Nighthawks, reproducida en infinidad de ocasiones en los contextos más variados. Se trata, de todos modos, de un excelente ejemplo de las preocupaciones que pueblan su obra, en que Hopper articula magistralmente su interés por la potencialidad simbólica de la luz con su curiosidad por cuestiones relativas a lo espiritual, a la modernidad, a la vida en la ciudad.

Edward Hopper cultivó una estética de raíces formales, que no terminó de caer en (o acaso se liberó de) un naturalismo ingenuo. Sus óleos exhiben una técnica depurada que no se obsesiona por los detalles pero que, amén de escasas licencias, nunca se aleja demasiado del naturalismo. Las investigaciones lumínicas encuentran su asidero en sus experiencias europeas, y en su admiración por el impresionismo. De todos modos, si bien su dominio de la cuestión lo acerca en parte a Monet, Hopper pone el énfasis en la dimensión simbólica de la luz, sin hacer acento en fenómenos de orden meramente sensible como la mentada impresión visual o de la luz reflejada. Es por ello que en imágenes como House at Dusk , de 1935, pueden coexistir un paisaje de penumbra con el exterior de un edificio perfectamente iluminado, antecediéndose al menos 15 años a L’empire des lumières de René Magritte. El contraste realza la dulzura de una intimidad casi venerable, yuxtaponiéndola a un “allá afuera” sombrío y tenebroso que pone en juego las inseguridades típicamente humanas, de sabor moderno, que nos impulsan a buscar afianzar una supuesta seguridad y bienestar alejándonos de los peligros de la no-civilización.

Nighthawks, 1942

Nighthawks, 1942

En sí, al margen de las apariencias, las búsquedas de Hopper van casi siempre más allá de la superficie, y si sus pinturas fuesen menos evidentemente bellas hasta podría afirmarse que lo explícito en su trabajo es apenas un vehículo para transmitir lo demás. Digamos provisoriamente que ambos aspectos de su obra revestían para el artista la misma importancia. Morning Sun, por caso, nos lleva por dos caminos interpretativos diferentes que acaban por fundirse. Mientras que a priori el espectador se ve mesmerizado por el haz de luz que atraviesa la ventana dibujando un brillante polígono sobre el muro, por las tentadoras piernas desnudas de la mujer o hasta por el diálogo cromático entre el rojo del vestido y el de la construcción en el paisaje; es difícil no preguntarse qué circunstancias pudieron dar lugar a la situación, por qué la protagonista emana ese raro estupor entristecido o, hurgando aun más, si mujer y paisaje no representan en realidad a todas las mujeres y todos los paisajes, si no se trata de una alegoría de la alienación urbana, y así sucesivamente. En realidad, ambos aspectos conforman una síntesis que propicia la comunión intensa entre obra y espectador. El desentrañamiento de la dimensión lumínica, sus contrastes y sutilezas vienen a realzar las potenciales lecturas psicológico-sociales de la pintura. Ese interés por lo espiritual, manifestado a través de figuras solitarias, realizando actividades serenas en medio de composiciones bien ordenadas, fue clave en toda su obra. Corpus de un intenso humanismo que poco tuvo que ver con las búsquedas plásticas de su momento, encarnadas en figuras, como Picasso o Matisse, de una vanidad exitista que fue totalmente ajena a Edward Hopper.

Morning Sun, 1952

Morning Sun, 1952

El imaginario popular pareciera circunscribir el trabajo de este artista consumado a un único cliché repetido hasta el hartazgo. Sin embargo, el Grand Palais nos abre las puertas a un corpus de una enorme sutileza, cuya aura (aquella propiedad descripta por Walter Benjamín a través de la cual el arte pone en contacto con el más allá, con un algo superior) resplandece con una fuerza incomparable.

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