Los acertijos de Magritte

El MoMA presenta una antología excepcionalmente completa del período surrealista de René Magritte. Enigmática y cautivante, su obra demuestra una vez más que la claridad también puede conducir a la delectación artística. Una muestra estimulante con sabor a semiología.

El asesino amenazado, 1927

El asesino amenazado, 1927

El Museo de Arte Moderno es tanto una parada obligatoria para todo visitante de la ciudad de Nueva York como un típico punto de encuentro para las multitudes locales deseosas de estímulos artísticos. Este lugar privilegiado en la vida cultural de la ciudad no es accidental, y una ojeada a la colección permanente puede satisfacer los paladares más exigentes. De las Señoritas de Aviñón de Picasso a las Latas de sopa Campbell’s de Warhol, todos los artistas más destacados del siglo XX están extensamente representados. En un contexto así toda exhibición es susceptible de perder parte de su aura, si no parecer lisa y llanamente insignificante. No es sin embargo el caso de “Magritte, el misterio de lo ordinario”, en el MoMA hasta el 12 de enero de 2014.

La muestra se centra en los años surrealistas de Magritte. Define sus limites cronológicos entre 1926, cuando el artista empezó a realizar pinturas “que desafíen al mundo real”, y 1938, el año en que pronunció una conferencia recapitulando sus años como surrealista. La premisa es en realidad bastante simple: mostrar la mejor y más representativa producción del artista realizada dentro del marco temporal preestablecido. No hay secciones diferenciadas, y un único texto explicativo asoma a la entrada de la exposición. Si bien esto alienta una dinámica de tipo “y ahora dónde voy?”, en realidad esto no llega a plantear verdaderas dificultades. Magritte fue un artista tan eficaz, y se logró juntar tanto material extraordinario; que incluso tratándose de un espacio extenso hay algo para ver literalmente en cada rincón. Por extraño que parezca, en este caso la cohesión está dada por la abundancia.

El modelo rojo, 1936

El modelo rojo, 1936

Lo más interesante es por supuesto el trabajo en sí. La pintura surrealista de Magritte está marcada por la libertad onírico-representativa típica del movimiento artístico al que pertenecía, pero goza de un tipo singular de “precisión explicativa”. A diferencia de las atmósferas de ensueño de Dalí, plagadas de un sinfín de elementos que estimulan la asociación libre, Magritte es claro en sus objetivos, y sus imágenes a menudo conducen a conclusiones bien específicas. Rara vez pierde tiempo en fondos suntuosos, y le interesa poco la recreación naturalista (o “estetizante”) de sus modelos.  Prolijo y metódico, no cultiva el virtuosismo que de tanto en tanto se filtra en algún trabajo. De hecho, los títulos otorgan una proporción enorme de sentido a gran parte de su obra. Aunque su interés principal es la ilustración de conceptos semiológicos abstractos y complejos, logra expresarse sin rodeos. Una vez alcanzado el objetivo discursivo, la pintura también terminó.

La traición de las imágenes (1928-29), su trabajo más célebre, quizás sea el mejor ejemplo. Dispuesto más o menos a mitad de la exhibición, a este pequeño lienzo lo precede su reputación, y por mementos es difícil ver la obra sin tropezarse con otro espectador. Pero por gratificante que sea pararse frente al original en cierto sentido hay poco más para admirar que lo que puede encontrarse en la reproducción más común. Lejos de ser una falla, esto se explica por el hecho de que es una imagen perfectamente simbólica, y su importancia deriva exclusivamente de lo que representa. Y el tema que trata es justamente la idea de símbolo. Es decir, algo que está en lugar de otra cosa. La imagen no es una pipa porque representa a una pipa, y las acciones de ser y de representar se excluyen mutuamente. Magritte retó a quien afirmara que sí se trataba de una pipa a intentar fumar de ella. Puesto que este concepto es válido para toda representación, el artista no dudó en bautizar el trabajo a partir del principio que desarrolla.

Prohibida la reproducción, 1937

Prohibida la reproducción, 1937

Otra pieza interesante, acaso más sutil, es la inusualmente meticulosa Prohibida la reproducción (1937). Este retrato fue encargado por el poeta y coleccionista Edward James, y tanto la nuca que representa como su reflejo en el espejo se consideran suyos. Es una imagen ominosa, y su decodificación se vuelve más ambigua a través de la presencia de una copia de La narración de Arthur Gordon Pym de Poe que, a diferencia del modelo humano, se refleja normalmente en el espejo. El título vuelve a jugar un rol esencial, sugiriendo un complejo juego de palabras e imágenes en que el escritor, como su trabajo y su reflejo, resiste incluso las reproducciones autorizadas... Por supuesto que este análisis algo ingenuo no honra la envergadura de las intenciones del pintor, pero sí ejemplifica el tipo de procesos mentales que Magritte gusta desatar en su audiencia.

La traición de las imágenes, 1948

La traición de las imágenes, 1948

Los ejemplos en esta exposición de la atracción de Magritte por los juegos con el lenguaje abundan. Del cuasi cómico La violación (1934) al teatral El asesino amenazado (1927), incluyen ejercicios metafóricos del tipo de El modelo rojo (1934) o coqueteos con lo absurdo como Intermedio (1938). Si hay algo que la profusión de trabajos en “Magritte, el misterio del ordinario” deja claro, es que René Magritte no fue un artista que se haya interesado en lasuperficie de las cosas. Su obra puede jactarse de haber abordado problemáticas complejísimas alcanzando resultados de gran belleza y profundidad, cuyo carácter enigmático dista mucho de haber perdido vigencia.

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