Mirando donde el sol no llega

El Whitney traza un recorrido del arte moderno y contemporáneo norteamericano que yuxtapone obras de los grandes protagonistas a las de figuras menos conocidas, echando luz sobre la historia del arte estadounidense.

Jarred French, State Park, 1946

Jarred French, State Park, 1946

Paul Cadmus, Sailors and Floosies, 1938

Paul Cadmus, Sailors and Floosies, 1938

Sospechas de mercantilismo atraviesan inevitablemente la obra de todo artista estadounidense que goce o haya gozado de éxito comercial. Aunque esa desconfianza está sobradamente justificada, entorpece la apreciación de “America Is Hard To See”, la mega exposición con que el Whitney Museum of American Art estrenó su nuevo edificio en el sur de Manhattan. Para atenuar ese resquemor, si más no sea transitoriamente, propongo una dosis de ingenuidad invocando las palabras de un viejo profesor: “Ok: vos preservá tu integridad artística, pero acordate que a fin de mes hay que garpar el alquiler”.

Charles White, Preacher, 1952

Charles White, Preacher, 1952

Despejado ese obstáculo, poner al “arte yanqui” en un cajón con una etiqueta tan chiquita se complica. El equipo curatorial dirigido por Donna de Salvo se impuso la tarea de sobrevolar la historia del arte estadounidense de los siglos XX y XXI, episodio a episodio. El resultado general repasa los compartimentos semi-estancos que conforman dicha historia oficial sin demasiados desvíos. Las corrientes y escuelas que todos conocemos están presentes y marcan el ritmo de la exposición.

Jay DeFeo, The Rose, 1958-66

Jay DeFeo, The Rose, 1958-66

Pero la muestra hace más que visitar lugares comunes. No porque las obras de los “héroes” del arte estadounidense sean más abundantes de lo habitual, ya que pocos artistas están representados con más de un trabajo. Sino porque junto a las estrellas de siempre aparecen figuras poco conocidas, que dejan entrever la riqueza cultural de una nación que, con todo lo bueno y lo malo que produjo, en todo momento dio mucho más que el aporte de los grupitos de notables que caracterizaron cada período o corriente.

Fred Wilson, Guarded View, 1991

Fred Wilson, Guarded View, 1991

En uno de los mejores rincones del quinto piso, Edward Hopper da una nota de distinción con sus paisajes urbanos solarizados y sus juegos lumínicos. Sin embargo, no llega a opacar la paleta estridente y la figuración caricaturesca-alunada de Jared French. La escena veraniega de State Park (1946) satiriza un día de playa en la que personajes representados al límite entre la estilización a la egipcia y lo grotesco se tuestan más de lo debido bajo un sol de mediodía. La habilidad del pincel de French lo emparenta con el mundo de la ilustración, rasgo característico de la vertiente del Magic Realism de los años 30 y 40 al que se lo asocia, junto a George Tooker o Paul Cadmus.

George Bellows, Dempsey and Firpo, 1924

George Bellows, Dempsey and Firpo, 1924

En el cuarto piso, cerca de los infaltables Warhols y de unos cigarrillos gigantes de Oldenburg, aparece la obra de Jay DeFeo. Aunque su trabajo figura en las colecciones de mayor renombre del mundo, su nombre no quedó grabado a fuego en el saber colectivo. Sin embargo, su obra The Rose (1958-1966) es una de las más impactantes de la exposición. De casi 7 toneladas de peso, es el resultado de la acumulación y el esculpido de infinitas capas de pintura a lo largo de 8 años. Demoliendo el límite entre escultura y pintura, este trabajo catapulta a DeFeo a un lugar de privilegio entre los artistas beat, nucleados en la San Francisco de los años 50 y 60.

Chuck Close, Phil, 1969

Chuck Close, Phil, 1969

Ejemplos de este tipo abundan: tanto el dibujo de Charles White, los objetos de Michelle Stuart o la escultura de Rafael Montañez Ortiz, aunque medianamente conocidos, desequilibran la idea de la evolución de un arte estadounidense demarcado por una serie compacta de protagonistas.

Admito que los punto más altos de la exposición fueron, para mí, el retrato monumental Phil (1969), de Chuck Close, seguido de cerca por Dempsey and Firpo de George Bellows (que obviamente me tocó en mi orgullo argento). Sin embargo, al verdadero aporte de la muestra lo encuentro en el enriquecimiento de la percepción de aquello que ha conformado al arte estadounidense durante los siglos XX y XI. La creatividad estadounidense le dio al mundo muchas de sus mejores y peores cosas. Y si bien poner el foco en lo negativo es un análisis tan válido como cualquier otro, America Is Hard To See ofrece un panorama que excede muchos prejuicios y que demuestra que, efectivamente, los Estados Unidos son más difíciles de ver de lo que en general se piensa.

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