Primero las obras. Lo demás, después vemos.

La edición 104 del Salón Nacional de Artes Visuales ofrece un panorama del quehacer artístico local variado y potente. A través de una delicada selección de trabajos, devuelve a la obra de arte su rol estelar.

Tobías Crone, El Trámite (detalle) de la serie Instrucción para hacer cola, 2015

Tobías Crone, El Trámite (detalle) de la serie Instrucción para hacer cola, 2015

El Salón Nacional de Artes Visuales es un poco como las películas de la serie El Padrino: a todo el mundo le gustan, pero nadie está de acuerdo en porqué. Entre las razones que se disputan el éxito crítico del film sobre la mafia neoyorkino-siciliana, se han señalado tanto los aportes de Puzo o Coppola, como los de Brando, Pacino, y un largo etcétera de nombres hoy consagrados. Del mismo modo, en el Salón Nacional siempre figuran algunas “estrellas” del arte, las caras de siempre, nuevos jugadores advenedizos y, por supuesto, el jurado y sus premiados. Sin embargo, no hay consensos en cuanto a qué hace de ir al Salón una experiencia tan gratificante.  Este año, como es habitual, los trabajos que recibieron distinciones me entusiasmaron menos que otras obras dispersas bajo la cúpula del Palais de Glace. Entiendo que los criterios de selección tengan que ver con la longitud de ciertas carreras, y creo que está bien que así sea. Pero en lo personal, cuando un trabajo me interpela, no suele deberse al derrotero profesional de su autor. Quizás sea una mirada ingenua, o tal vez las modas me atraviesen a tal punto que ni siquiera llego a darme cuenta. Como fuere, lo que a mí más me gustó del Salón Nacional, categorías Cerámica/Grabado/Textil, no gozó de muchas distinciones especiales. Pero creo haber visto muy buen arte, y en cantidad.

Rosa Arena, La maté porque era mía (detalle), 2015

Rosa Arena, La maté porque era mía (detalle), 2015

En una disciplina tan valorada por el hacking de la técnica como es el grabado, la obra de Tobías Crone puede parecer un poco academicista. Quien haya decidido incluirlo en la muestra seguramente quedó tan impactado como yo por el preciosismo en la ejecución de El Trámite (2015), un trabajo que no necesita innovar en cuanto a métodos de impresión. De hecho, es precisamente esa suerte de arcaísmo voluntario que lo vuelve irreverente. La combinación de aguafuerte, aguatinta y mezzotinta, en una estampa enorme que parece salida del siglo XIX, se conjuga a la perfección con el clima entre surrealista y de película de terror que cultiva el artista. La rigurosa ingeniería del trabajo (cuyo título original, curiosamente en alemán, el autor traduce como “Lidiando con las autoridades”) señala veladamente la hipocresía de un mundo del arte que deifica una actitud vanguardista estéril.  Con vergüenza admito que la idea de obra de arte textil conjuraba en mí imágenes de ancianas venerables tejiendo colgadijos decorativos junto al fuego, con una ambición creativa más bien modesta. Distintas exposiciones confirmaron esta generalización en varias oportunidades, al menos en cuanto al tipo de trabajos. Sin embargo, el envío de Rosa Arena al Salón, La maté porque era mía (2015), dinamitó las fronteras de lo que solía esperar de esta disciplina. Con una escenografía espeluznante, en que torsos de mujer mutilados y desmembrados cuelgan de ganchos oxidados cual vacas en frigorífico, Arena demuestra que el arte realizado a partir de tejidos tiene una eficacia comunicativo-conceptual equivalente a cualquier otro modo creativo. En este caso, una obscenidad desbordada y cercana al torture-porn, tiende lazos ya desde el título con las discusiones sobre violencia de género y lo macabro en general.

Paula Kippes Aulita, Tejiendo-me de la serie Arroz con leche, 2015

Paula Kippes Aulita, Tejiendo-me de la serie Arroz con leche, 2015

Pero si de ancianas venerables se trata, la obra de Claudia Kippes Aulita no parece renegar del estereotipo sino que lo hace propio al tiempo que lo satiriza. Sirviéndose de una método para tejer que le permite “pintar” con tela, y que recuerda un poco a los antiguos tapices gobelinos, Tejiendo-me (2015), de la serie Arroz con leche, presenta el semblante de una señora entrada en años que se teje a si misma. Las madejas de lana en el piso borronean el límite entre la representación y la realidad y ponen al espectador en una situación inesperadamente incómoda, frente a una pieza de presentación un tanto desprolija, pero que hace alarde tanto de destreza técnica como de ingenio narrativo.

Silvio Fischbein merece un aplauso por haber participado tanto en la iteración del Salón de Pintura como en la de Arte Textil de 2015. Para esta edición el cineasta-artista desplegó Multitudes (2015), una suerte de telón fabricado, como es típico en su obra, a partir de la acumulación de objetos independientes. En este caso, minúsculos bebitos de plástico rosado, del tamaño de un dedo pulgar, anudados con hilos de algodón. La obra adquiere pleno sentido a medida que uno se acerca o se aleja de ella, dando lugar a una experiencia de orden casi semiológico, que recoge con literalidad aquello de un todo que excede la suma de sus partes. No sin una cuota de humor, el trabajo hace poesía del simbolismo -calculadamente retorcido- de infantes atrapados como moscas en la miel. Sin abordar varias de las obras que me parecieron excelentes (como la de Silvina Paulón o la de Susana Bredt), creo que la selección del Salón Nacional de este año fue muy buena. Al margen del peso específico de algunas trayectorias, de los galardones y medallas entregados, o de cualquier guion curatorial, el protagonista indiscutible de la exposición es la obra de arte. La visita vale definitivamente la pena, si más no sea para rezongar por quiénes no fueron premiados.

Silvio Fischbein, Multitudes (detalle) de la serie Multitudes, 2015

Silvio Fischbein, Multitudes (detalle) de la serie Multitudes, 2015

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